He pensado en la plática que tuve anoche con una recién conocida. Una charla sobre el adiós y sus conjuros. Acerca de cartas finales redactadas para ser enviadas con las últimas palabras que salen de una meditación alterada. También se mencionaron algunos golpes de conclusión en medio de conversaciones, los mismos que nacen de esa cólera que no cabe en las entrañas.
Yo no di golpes. No escribí cartas. No conjuré tormentos. Si acaso mencioné un último adiós, más a necesidad de escucharme decir algo que de verdad entender que el momento era una despedida absoluta. Mi mente alterada no tuvo tiempo para hilar más allá de una palabra, creí que después podría vomitar todas las otras que aparecían en el mismo instante. No hubo ese instante del más tarde.
Dejé correr los días con las palabras macerándose en odio y rencor, les di tiempo para que cubrieran mi realidad, las creí y entonces llegaron a la calma.
Para cuando recordé que estaban guardadas ya era un momento ridículamente inexistente para hacerlas pronunciarse. La historia de esa despedida no existe, sin embargo ese adiós es lo más real que tengo de aquellos días. Eso le da un rasgo de verdad a mi vida. Lo agradezco.
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