domingo, 15 de septiembre de 2013

La misión de El Pozo

Eran los primeros años de la década de los 80, no puedo precisar. Él pertenecía al ejercito de los Estados Unidos Mexicanos cuando López Portillo dirigía al país. Se encontraba en la sierra de Sinaloa a cargo de 25 o 30 soldados. La misión era la misma de siempre, la que hasta la fecha continúa, acabar con los plantíos de amapola en la zona, capturar si posible y no perder hombres.

Tenía apenas 23 años, se había enlistado en la ciudad capital y ya había conocido casi la mitad del país. Ésta fue una misión difícil, no porque fuera complicada en sí misma, tampoco violenta, incluso no la registró como evento relevante hasta que años después la relatara en una sobremesa, pero lo fue, fue difícil en retrospectiva.

Digamos que este hombre llevaba el nombre de Ángel, el subteniente Ángel Torres quien, justo antes de ser enviado a la sierra, fue reunido en la oficina del comandante junto con otros jefes de batallón. -Pues, qué dios los acompañe- dijo el comandante Martínez a los presentes, -pero algo sí les digo, que no les maten a un solo hombre, porque por uno que les maten quiero a dos civiles, cabrones. Por uno, quiero dos.- esa fue la indicación antes de partir a la sierra por seis meses.

Subieron rumbo a Badiraguato y continuaron 80 km al norte. Las jornadas trascurrieron de lo más normal, caminata, quema, cena, balaceras nocturnas, pérdida del control. Los hombres se iban desgastando con el paso de los meses, más cuando por aquel del cuarto les llegó la noticia de que en la zona un helicóptero había sido derribado, entre la presa Humaya y Badiraguato, la situación se ponía tensa.

Entonces se presentó una tarde en la que le fue posible al batallón del subteniente Torres capturar a dos pobres diablos en uno de los plantíos de amapola. El asistente de transmisiones informó de inmediato a la base de El Pozo. Pidió que fuera enviado un helicóptero por ellos. -¿Qué pasó, Pérez? ¿No está enterado de la situación? No podemos mandarles ni madres para allá. Tendrán que bajarlos al Pozo a pie, ahí los recibimos-, fue la respuesta.

Se preparó la misión. Tenían una única camioneta, color amarillo, para transportarse. Colocaron a los dos detenidos en la parte de atrás boca abajo. Tres soldados de apoyo caminaban tras del vehículo, conductor al volante y Torres a pie junto a él. Así iniciaron su camino rumbo a la base.

No habían avanzado más de 15 km cuando un grupo de mujeres y niños les cerraron el paso. -¡No se los llevan!- gritaron, haciéndoles imposible continuar. Los hombres se pusieron nerviosos. -¿Qué hacemos ahora, mi jefe?- preguntó uno de ellos.

Fueron un par de segundos los que se tomó Torres para pensar. Recordó a su primo Armando, lo que le hubo ocurrido dos años antes. Armando trabajaba en la policía de la capital. Un día fue enviado con su compañero a un pueblo de Milpa Alta para calmar un pleito en una fiesta patronal. Lo que sucedió es rápido de mencionar, el pueblo se les puso bravo y los dos policías no abrieron fuego. Les quitaron las armas y los enviaron de regreso a pie con su cara de pendejos. Cabe mencionar que eran tiempos de "el negro" Durazo y eventos como ser despojado de las armas no eran permitidos. "¿Cómo que no abrieron fuego?" les preguntaron. Fueron destituidos de sus puesto, les arrancaron las insignias y se les hizo todo el  numerito policíaco que los ponía en evidencia. "Antes no fueron enviados a juicio" les dijeron. Desde entonces Armando vivía sin trabajo fijo. Torres pensó que a él sí lo llevarían a la corte marcial si dejaba que un grupo de mujeres y niños les bajaran las armas.

- ¡Corten cartuchos!- gritó Torres con el sudor cayendo por su frente. Sus hombres no supieron qué hacer. Siempre llevaban las armas cargadas y con cartuchos cortados, la indicación parecía ociosa. -¡Que corten cartuchos, chingada madre!- repitió Torres. Los hombres por fin lo hicieron. Levantaron los rifles, deslizaron las cámaras y cuatro cartuchos llenos golpearon el piso al caer. Estaban listos para abrir fuego, más por la mera orden que porque se hubiera pensado en lo que se hacía. Apuntaron.

Desde lo alto de la loma que se alzaba a la izquierda un hombre viejo gritó -¡Ábranse! ¡Ábranse!- y con esa indicación las mujeres y los niños se desplazaron a ambos lados del sendero.

-Avanza- ordenó Torres a su conductor mientras que él y sus hombres caminaban sin dejar de apuntar. Apretaron el paso y unos metros adelante Torres subió al vehículo. Llegaron a El Pozo.

Más tarde, cuando contaba este hecho a sus invitados, comentó que no había sabido qué hacer aquella vez. Lo que se le presentó fue abrir fuego y matar a un chingo de civiles o pasar su vida en la cárcel por dejarse quitar las armas. Corrió con suerte.

De cuando planté unas semillas

Hubo un día en que me regalaron, por algún motivo sin necesidad de ser mencionado, unas semillas. Según me comentaron dichas semillas eran de unas plantas muy comunes, nunca retuve los nombres, y habían pasado por un ritual que se lleva acabo en la primer luna de mayo, no tengo mucha información al respecto pero sé que tiene que ver con creencias prehispánicas en las que, al bañar a las semillas con la luz de la luna y brindarles alguna danza, éstas florecen sin problema. Coloqué las semillas en un kleenex y regresé a casa.


En el camino compré un par de bandejas de plástico para que funcionaran como macetas. También conseguí en el mercado de plantas una bolsa de tierra con fertilizantes, cinco kilos por veinte pesos. Esa misma mañana realicé todo el show de plantar las semillas. Solo quedaba esperar. 

Recuerdo que no supe qué cantidad de agua regarles, pensé que si era mucha quedarían ahogadas, si era poca no vivirían. Toda una encrucijada que se repitió durante los siguiente tres días, más o menos. 

Finalmente vi que salían algunas ramas verdes de los macetones de plástico, no sentí absolutamente nada frente a ese hecho. Tal vez un poco de emoción me llegó, muy poco.

Sin más, un día dejé de ver las ramas verdes, dejé de regar agua sobre ellas. No supe bien cómo ni cuándo murieron. La conclusión de ese evento es que no había magia alguna en las semillas, tampoco la había en mí. Algo o todo a mi alrededor estaba marchito, pero ya no. Ahora sé que no me gustan las plantas.

Ilustración Mar Saldaña

sábado, 14 de septiembre de 2013

Tiempo

Ya no hay disgusto al ver caer el tiempo. Aún lo cuento, vieja costumbre.




Imagen recortada del periódico hace muchos años.



1. En la lluvia

Llueve mientras escribo esto. No es ninguna sorpresa, ha llovido todo el mes de septiembre, por lo regular llueve en este mes. No siempre. La constancia de esta lluvia sí es sorprendente.
Me presentaré. Mi nombre es Mar, soy estudiante de letras inglesas. No puedo decir que no sé cómo es que llegué a estudiar letras o más aún, inglesas. Tampoco vale mucho la respuesta, la he mencionado cientos de veces y aún así no la creo cierta. Le faltan detalles que no comento porque no conozco la manera de hacerlo. Nunca le he tenido miedo al agua, a la lluvia o a la obscuridad. Tartamudeo cuando hablo, confundo palabras, mezclo sonidos, se me traban las ideas cuando las pronuncio en voz alta. Si ando ebria, seguro que no se me entiende. Le llevo la contraria a todos por diversión inconsciente, no tomo posturas con seriedad. Tengo problemas con el espacio, el espacio limpio y el espacio ocupado. Me gustan los perros, tenía uno al que llamaba Cobra, no era anímicamente estable. Me gustan los hombres que parecen cavernícolas. No me gusta que me regalen flores. Bebo café con un chorrito de leche y algo de azúcar, leche deslactosada, por favor; café amargo solo en velorios. De niña amaba ir a los velorios en compañía de mi abuela, mi abuela la buena, hasta que ella murió y ahora solo asisto cuando me veo obligada. Sin detalles que presumir. A veces digo groserías. Odio los filmes weepies, la gente que se exprime los barros en el transporte público y a los hombres que sacan brillo a sus zapatos.
Intento no usar puntos suspensivos sin suspenso. Lea usted.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

She is a ghost nevermore

Blog dedicado a algunas ideas sin pies en la realidad, tampoco en la fantasía. Las ideas no tienen pies.