de Edgar Allan Poe
domingo, 27 de octubre de 2013
martes, 22 de octubre de 2013
domingo, 20 de octubre de 2013
Triste
Cuando al quererlo la suerte
se mezclan a nuestras vidas,
de la ausencia o de la muerte,
las penas desconocidas,
y, envueltos en el misterio
van, con rapidez que asombra,
amigos al cementerio,
ilusiones a la sombra,
la intensa voz de ternura
que vibra en el alma amante
como entre la noche oscura
una campana distante,
saca recuerdos perdidos
de angustias y desengaños
que tienen ocultos nidos
en las ruinas de los años.
Y que al cruzar aleteando
por el espacio sombrío
van en el ser derramando
sueños de angustia y de frío
hasta que alguna lejana,
idea consoladora,
que irradia en el alma humana
como con lumbre de aurora,
en su lenguaje difuso
entabla con nuestros duelos
el gran diálogo confuso
de las tumbas y los cielos.
de José Asunción Silva
sábado, 19 de octubre de 2013
Del adiós
He pensado en la plática que tuve anoche con una recién conocida. Una charla sobre el adiós y sus conjuros. Acerca de cartas finales redactadas para ser enviadas con las últimas palabras que salen de una meditación alterada. También se mencionaron algunos golpes de conclusión en medio de conversaciones, los mismos que nacen de esa cólera que no cabe en las entrañas.
Yo no di golpes. No escribí cartas. No conjuré tormentos. Si acaso mencioné un último adiós, más a necesidad de escucharme decir algo que de verdad entender que el momento era una despedida absoluta. Mi mente alterada no tuvo tiempo para hilar más allá de una palabra, creí que después podría vomitar todas las otras que aparecían en el mismo instante. No hubo ese instante del más tarde.
Dejé correr los días con las palabras macerándose en odio y rencor, les di tiempo para que cubrieran mi realidad, las creí y entonces llegaron a la calma.
Para cuando recordé que estaban guardadas ya era un momento ridículamente inexistente para hacerlas pronunciarse. La historia de esa despedida no existe, sin embargo ese adiós es lo más real que tengo de aquellos días. Eso le da un rasgo de verdad a mi vida. Lo agradezco.
jueves, 10 de octubre de 2013
La marcha de los chicuarotes.
Se dice que la gente de los pueblos del sureste de la capital de México es muy aguerrida, en particular aquella de San Gregorio Atlapulco en Xochimilco y los milpanecos (delegación Milpa Alta). Ahora mismo se ha formado una marcha con profesores, alumnos y padres de familia provenientes de esos pueblos que apoyan al movimiento del CNTE (domingo 29 de septiembre de 2013, a las 13:00).
Es la primera vez que me toca ver una marcha por estos rumbos. La apatía se ha ido [¿?]. ------- No, no lo creo. La apatía sigue donde siempre ha estado, casi casi como elemento distintivo del la identidad mexicana. En el mitin que presencié caminaban en primera fila niños de entre 7 y 9 años de edad con pancartas y cartulinas; la consigna que gritaban era: ¡Educación gratuita! ¡Educación gratuita! Dudo del convencimiento con que lo hacían. Detrás de ellos marchaban al rededor de 3000 personas. Tal vez las cosas cambien. Sin embargo, este no es un comentario político.
La razón por la cual este fue el primer contingente que se congregó para demandar una solución es fácil: los sangregoreños no piden, resuelven a machetazos (por dejar la imagen más clara). Eso de sentarse a dialogar no les ha rendido buenos frutos.
Cuenta la historia que por ahí de los años 60 llegó a San Gregorio una invasión de paracaidistas. En el inicio habrá sido un par de familias. Luego cinco. Después diez, tal vez más. Llegaron a ocupar un terreno baldío en que solían jugar fútbol los lugareños. La invasión fue rápida y, así igual, el asalto del coraje a la comunidad.
Poco después hubo una noche en que carros de bomberos cruzaron la ciudad. Venían desde los alrededores del mercado de Sonora hasta Xochimilco. Se detuvieron en San Gregorio, justo frente al terreno baldío. Alguien había iniciado un incendio en los cuartos de láminas de cartón de los paracaidistas. ------- Problema resuelto.
Algunos asuntos necesitan chispas poquito más fuertes, punto.
domingo, 15 de septiembre de 2013
La misión de El Pozo
Eran los primeros años de la década de los 80, no puedo precisar. Él pertenecía al ejercito de los Estados Unidos Mexicanos cuando López Portillo dirigía al país. Se encontraba en la sierra de Sinaloa a cargo de 25 o 30 soldados. La misión era la misma de siempre, la que hasta la fecha continúa, acabar con los plantíos de amapola en la zona, capturar si posible y no perder hombres.
Tenía apenas 23 años, se había enlistado en la ciudad capital y ya había conocido casi la mitad del país. Ésta fue una misión difícil, no porque fuera complicada en sí misma, tampoco violenta, incluso no la registró como evento relevante hasta que años después la relatara en una sobremesa, pero lo fue, fue difícil en retrospectiva.
Digamos que este hombre llevaba el nombre de Ángel, el subteniente Ángel Torres quien, justo antes de ser enviado a la sierra, fue reunido en la oficina del comandante junto con otros jefes de batallón. -Pues, qué dios los acompañe- dijo el comandante Martínez a los presentes, -pero algo sí les digo, que no les maten a un solo hombre, porque por uno que les maten quiero a dos civiles, cabrones. Por uno, quiero dos.- esa fue la indicación antes de partir a la sierra por seis meses.
Subieron rumbo a Badiraguato y continuaron 80 km al norte. Las jornadas trascurrieron de lo más normal, caminata, quema, cena, balaceras nocturnas, pérdida del control. Los hombres se iban desgastando con el paso de los meses, más cuando por aquel del cuarto les llegó la noticia de que en la zona un helicóptero había sido derribado, entre la presa Humaya y Badiraguato, la situación se ponía tensa.
Entonces se presentó una tarde en la que le fue posible al batallón del subteniente Torres capturar a dos pobres diablos en uno de los plantíos de amapola. El asistente de transmisiones informó de inmediato a la base de El Pozo. Pidió que fuera enviado un helicóptero por ellos. -¿Qué pasó, Pérez? ¿No está enterado de la situación? No podemos mandarles ni madres para allá. Tendrán que bajarlos al Pozo a pie, ahí los recibimos-, fue la respuesta.
Se preparó la misión. Tenían una única camioneta, color amarillo, para transportarse. Colocaron a los dos detenidos en la parte de atrás boca abajo. Tres soldados de apoyo caminaban tras del vehículo, conductor al volante y Torres a pie junto a él. Así iniciaron su camino rumbo a la base.
No habían avanzado más de 15 km cuando un grupo de mujeres y niños les cerraron el paso. -¡No se los llevan!- gritaron, haciéndoles imposible continuar. Los hombres se pusieron nerviosos. -¿Qué hacemos ahora, mi jefe?- preguntó uno de ellos.
Fueron un par de segundos los que se tomó Torres para pensar. Recordó a su primo Armando, lo que le hubo ocurrido dos años antes. Armando trabajaba en la policía de la capital. Un día fue enviado con su compañero a un pueblo de Milpa Alta para calmar un pleito en una fiesta patronal. Lo que sucedió es rápido de mencionar, el pueblo se les puso bravo y los dos policías no abrieron fuego. Les quitaron las armas y los enviaron de regreso a pie con su cara de pendejos. Cabe mencionar que eran tiempos de "el negro" Durazo y eventos como ser despojado de las armas no eran permitidos. "¿Cómo que no abrieron fuego?" les preguntaron. Fueron destituidos de sus puesto, les arrancaron las insignias y se les hizo todo el numerito policíaco que los ponía en evidencia. "Antes no fueron enviados a juicio" les dijeron. Desde entonces Armando vivía sin trabajo fijo. Torres pensó que a él sí lo llevarían a la corte marcial si dejaba que un grupo de mujeres y niños les bajaran las armas.
- ¡Corten cartuchos!- gritó Torres con el sudor cayendo por su frente. Sus hombres no supieron qué hacer. Siempre llevaban las armas cargadas y con cartuchos cortados, la indicación parecía ociosa. -¡Que corten cartuchos, chingada madre!- repitió Torres. Los hombres por fin lo hicieron. Levantaron los rifles, deslizaron las cámaras y cuatro cartuchos llenos golpearon el piso al caer. Estaban listos para abrir fuego, más por la mera orden que porque se hubiera pensado en lo que se hacía. Apuntaron.
Desde lo alto de la loma que se alzaba a la izquierda un hombre viejo gritó -¡Ábranse! ¡Ábranse!- y con esa indicación las mujeres y los niños se desplazaron a ambos lados del sendero.
-Avanza- ordenó Torres a su conductor mientras que él y sus hombres caminaban sin dejar de apuntar. Apretaron el paso y unos metros adelante Torres subió al vehículo. Llegaron a El Pozo.
Más tarde, cuando contaba este hecho a sus invitados, comentó que no había sabido qué hacer aquella vez. Lo que se le presentó fue abrir fuego y matar a un chingo de civiles o pasar su vida en la cárcel por dejarse quitar las armas. Corrió con suerte.
De cuando planté unas semillas
Hubo un día en que me regalaron, por algún motivo sin necesidad de ser mencionado, unas semillas. Según me comentaron dichas semillas eran de unas plantas muy comunes, nunca retuve los nombres, y habían pasado por un ritual que se lleva acabo en la primer luna de mayo, no tengo mucha información al respecto pero sé que tiene que ver con creencias prehispánicas en las que, al bañar a las semillas con la luz de la luna y brindarles alguna danza, éstas florecen sin problema. Coloqué las semillas en un kleenex y regresé a casa.

En el camino compré un par de bandejas de plástico para que funcionaran como macetas. También conseguí en el mercado de plantas una bolsa de tierra con fertilizantes, cinco kilos por veinte pesos. Esa misma mañana realicé todo el show de plantar las semillas. Solo quedaba esperar.
Recuerdo que no supe qué cantidad de agua regarles, pensé que si era mucha quedarían ahogadas, si era poca no vivirían. Toda una encrucijada que se repitió durante los siguiente tres días, más o menos.
Finalmente vi que salían algunas ramas verdes de los macetones de plástico, no sentí absolutamente nada frente a ese hecho. Tal vez un poco de emoción me llegó, muy poco.
Sin más, un día dejé de ver las ramas verdes, dejé de regar agua sobre ellas. No supe bien cómo ni cuándo murieron. La conclusión de ese evento es que no había magia alguna en las semillas, tampoco la había en mí. Algo o todo a mi alrededor estaba marchito, pero ya no. Ahora sé que no me gustan las plantas.

Recuerdo que no supe qué cantidad de agua regarles, pensé que si era mucha quedarían ahogadas, si era poca no vivirían. Toda una encrucijada que se repitió durante los siguiente tres días, más o menos.
Finalmente vi que salían algunas ramas verdes de los macetones de plástico, no sentí absolutamente nada frente a ese hecho. Tal vez un poco de emoción me llegó, muy poco.
Sin más, un día dejé de ver las ramas verdes, dejé de regar agua sobre ellas. No supe bien cómo ni cuándo murieron. La conclusión de ese evento es que no había magia alguna en las semillas, tampoco la había en mí. Algo o todo a mi alrededor estaba marchito, pero ya no. Ahora sé que no me gustan las plantas.
Ilustración Mar Saldaña
sábado, 14 de septiembre de 2013
Tiempo
Ya no hay disgusto al ver caer el tiempo. Aún lo cuento, vieja costumbre.
Imagen recortada del periódico hace muchos años.
1. En la lluvia
Llueve mientras escribo esto. No es ninguna sorpresa, ha llovido todo el mes de septiembre, por lo regular llueve en este mes. No siempre. La constancia de esta lluvia sí es sorprendente.
Me presentaré. Mi nombre es Mar, soy estudiante de letras inglesas. No puedo decir que no sé cómo es que llegué a estudiar letras o más aún, inglesas. Tampoco vale mucho la respuesta, la he mencionado cientos de veces y aún así no la creo cierta. Le faltan detalles que no comento porque no conozco la manera de hacerlo. Nunca le he tenido miedo al agua, a la lluvia o a la obscuridad. Tartamudeo cuando hablo, confundo palabras, mezclo sonidos, se me traban las ideas cuando las pronuncio en voz alta. Si ando ebria, seguro que no se me entiende. Le llevo la contraria a todos por diversión inconsciente, no tomo posturas con seriedad. Tengo problemas con el espacio, el espacio limpio y el espacio ocupado. Me gustan los perros, tenía uno al que llamaba Cobra, no era anímicamente estable. Me gustan los hombres que parecen cavernícolas. No me gusta que me regalen flores. Bebo café con un chorrito de leche y algo de azúcar, leche deslactosada, por favor; café amargo solo en velorios. De niña amaba ir a los velorios en compañía de mi abuela, mi abuela la buena, hasta que ella murió y ahora solo asisto cuando me veo obligada. Sin detalles que presumir. A veces digo groserías. Odio los filmes weepies, la gente que se exprime los barros en el transporte público y a los hombres que sacan brillo a sus zapatos.
Intento no usar puntos suspensivos sin suspenso. Lea usted.
Me presentaré. Mi nombre es Mar, soy estudiante de letras inglesas. No puedo decir que no sé cómo es que llegué a estudiar letras o más aún, inglesas. Tampoco vale mucho la respuesta, la he mencionado cientos de veces y aún así no la creo cierta. Le faltan detalles que no comento porque no conozco la manera de hacerlo. Nunca le he tenido miedo al agua, a la lluvia o a la obscuridad. Tartamudeo cuando hablo, confundo palabras, mezclo sonidos, se me traban las ideas cuando las pronuncio en voz alta. Si ando ebria, seguro que no se me entiende. Le llevo la contraria a todos por diversión inconsciente, no tomo posturas con seriedad. Tengo problemas con el espacio, el espacio limpio y el espacio ocupado. Me gustan los perros, tenía uno al que llamaba Cobra, no era anímicamente estable. Me gustan los hombres que parecen cavernícolas. No me gusta que me regalen flores. Bebo café con un chorrito de leche y algo de azúcar, leche deslactosada, por favor; café amargo solo en velorios. De niña amaba ir a los velorios en compañía de mi abuela, mi abuela la buena, hasta que ella murió y ahora solo asisto cuando me veo obligada. Sin detalles que presumir. A veces digo groserías. Odio los filmes weepies, la gente que se exprime los barros en el transporte público y a los hombres que sacan brillo a sus zapatos.
Intento no usar puntos suspensivos sin suspenso. Lea usted.
miércoles, 11 de septiembre de 2013
She is a ghost nevermore
Blog dedicado a algunas ideas sin pies en la realidad, tampoco en la fantasía. Las ideas no tienen pies.
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