Eran los primeros años de la década de los 80, no puedo precisar. Él pertenecía al ejercito de los Estados Unidos Mexicanos cuando López Portillo dirigía al país. Se encontraba en la sierra de Sinaloa a cargo de 25 o 30 soldados. La misión era la misma de siempre, la que hasta la fecha continúa, acabar con los plantíos de amapola en la zona, capturar si posible y no perder hombres.
Tenía apenas 23 años, se había enlistado en la ciudad capital y ya había conocido casi la mitad del país. Ésta fue una misión difícil, no porque fuera complicada en sí misma, tampoco violenta, incluso no la registró como evento relevante hasta que años después la relatara en una sobremesa, pero lo fue, fue difícil en retrospectiva.
Digamos que este hombre llevaba el nombre de Ángel, el subteniente Ángel Torres quien, justo antes de ser enviado a la sierra, fue reunido en la oficina del comandante junto con otros jefes de batallón. -Pues, qué dios los acompañe- dijo el comandante Martínez a los presentes, -pero algo sí les digo, que no les maten a un solo hombre, porque por uno que les maten quiero a dos civiles, cabrones. Por uno, quiero dos.- esa fue la indicación antes de partir a la sierra por seis meses.
Subieron rumbo a Badiraguato y continuaron 80 km al norte. Las jornadas trascurrieron de lo más normal, caminata, quema, cena, balaceras nocturnas, pérdida del control. Los hombres se iban desgastando con el paso de los meses, más cuando por aquel del cuarto les llegó la noticia de que en la zona un helicóptero había sido derribado, entre la presa Humaya y Badiraguato, la situación se ponía tensa.
Entonces se presentó una tarde en la que le fue posible al batallón del subteniente Torres capturar a dos pobres diablos en uno de los plantíos de amapola. El asistente de transmisiones informó de inmediato a la base de El Pozo. Pidió que fuera enviado un helicóptero por ellos. -¿Qué pasó, Pérez? ¿No está enterado de la situación? No podemos mandarles ni madres para allá. Tendrán que bajarlos al Pozo a pie, ahí los recibimos-, fue la respuesta.
Se preparó la misión. Tenían una única camioneta, color amarillo, para transportarse. Colocaron a los dos detenidos en la parte de atrás boca abajo. Tres soldados de apoyo caminaban tras del vehículo, conductor al volante y Torres a pie junto a él. Así iniciaron su camino rumbo a la base.
No habían avanzado más de 15 km cuando un grupo de mujeres y niños les cerraron el paso. -¡No se los llevan!- gritaron, haciéndoles imposible continuar. Los hombres se pusieron nerviosos. -¿Qué hacemos ahora, mi jefe?- preguntó uno de ellos.
Fueron un par de segundos los que se tomó Torres para pensar. Recordó a su primo Armando, lo que le hubo ocurrido dos años antes. Armando trabajaba en la policía de la capital. Un día fue enviado con su compañero a un pueblo de Milpa Alta para calmar un pleito en una fiesta patronal. Lo que sucedió es rápido de mencionar, el pueblo se les puso bravo y los dos policías no abrieron fuego. Les quitaron las armas y los enviaron de regreso a pie con su cara de pendejos. Cabe mencionar que eran tiempos de "el negro" Durazo y eventos como ser despojado de las armas no eran permitidos. "¿Cómo que no abrieron fuego?" les preguntaron. Fueron destituidos de sus puesto, les arrancaron las insignias y se les hizo todo el numerito policíaco que los ponía en evidencia. "Antes no fueron enviados a juicio" les dijeron. Desde entonces Armando vivía sin trabajo fijo. Torres pensó que a él sí lo llevarían a la corte marcial si dejaba que un grupo de mujeres y niños les bajaran las armas.
- ¡Corten cartuchos!- gritó Torres con el sudor cayendo por su frente. Sus hombres no supieron qué hacer. Siempre llevaban las armas cargadas y con cartuchos cortados, la indicación parecía ociosa. -¡Que corten cartuchos, chingada madre!- repitió Torres. Los hombres por fin lo hicieron. Levantaron los rifles, deslizaron las cámaras y cuatro cartuchos llenos golpearon el piso al caer. Estaban listos para abrir fuego, más por la mera orden que porque se hubiera pensado en lo que se hacía. Apuntaron.
Desde lo alto de la loma que se alzaba a la izquierda un hombre viejo gritó -¡Ábranse! ¡Ábranse!- y con esa indicación las mujeres y los niños se desplazaron a ambos lados del sendero.
-Avanza- ordenó Torres a su conductor mientras que él y sus hombres caminaban sin dejar de apuntar. Apretaron el paso y unos metros adelante Torres subió al vehículo. Llegaron a El Pozo.
Más tarde, cuando contaba este hecho a sus invitados, comentó que no había sabido qué hacer aquella vez. Lo que se le presentó fue abrir fuego y matar a un chingo de civiles o pasar su vida en la cárcel por dejarse quitar las armas. Corrió con suerte.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario