lunes, 13 de enero de 2025

Sueño sobre una enciclopedia.

Durante la noche he soñado que buscaba un libro, unos libros... una enciclopedia vieja y que de alguna manera tenía mucho valor para mí. Estaba todo lleno de polvo, el lomo de los libros se veía deshilachado. Tal vez estoy pensando de más mientras sueño. Ahí pienso lo que no he podido pensar en vigilia, sobre lo hermoso que son los libros. Me siento avergonzada con mi librero... tiene mucho que no lo veo con aprecio, que no agarro un libro de sus repisas para abrazarlo, olerlo, leerlo con intensa curiosidad... hace mucho que no ocurre nada de eso.

Cuando era niña mis padres compraron una enciclopedia de 12 tomos; recuerdo que a mí me gustaba mucho hojear la sección de Geografía, ver las fotos de otra
s ciudades, las banderas de otros países... podía pasar muchas horas leyendo sobre la población, el clima, los ríos..., sobre refranes extraños. Sí, la enciclopedia tenía una sección de refranes. Es extraño lo que hace casi 40 años se consideraba información valiosa como para poner en una enciclopedia. Ahora me resulta difícil pensar que haya un editor que piense en agregar un tomo lleno de refranes populares. Así pasaba las tardes. No había mucho que leer en casa, pero al menos tenía esos 12 tomos, color guinda. 

En mi sueño estaban dispersos, en alguna alcoba estaba unos, por otro lado enpolvados estaban otros. De repente, veía a alguien que quería quedarse con uno de los tomos, tal vez el 8 o el 2. La colección estaría incompleta si se lo hubiera permitido. Me enfrenté a esa persona... no me caía nada bien. Hice algún comentario listo, después algún comentario arrogante. Finalmente agarré los tomos que faltaban y salí corriendo de esa alcoba llena de tinieblas... no me daba miedo, pero sabía que el ambiente húmedo solo echaría a perder más los libros que tanto quería rescatar. El ambiente parecía ser otro enemigo más. 

Cuando desperté me sentí extraña. Tenía una misión en este día, rescatar la enciclopedia... o tal vez podía ignorar todo mi sueño y pensar que esas batallas solo se libran cuando uno está dormido e ignora la realidad... aunque la la realidad no nos ignore al mismo tiempo. 

jueves, 25 de julio de 2019

Caos multiforme, vuelvo a escribir

Hace tiempo supe escribir. Redactaba cuentos, poemas sin forma ni rima, y participaba en certámenes de escritura o algo así. Ahora no sé bien por qué motivo me he levantado de la cama para comenzar a teclear esta entrada... incluso mis dedos han olvidado cómo teclear aquello que pienso... ¿o lo que pienso se detiene a ser escrito?

He dejado pasar muchos años desde la última vez que escribí algo. En aquel entonces comenzaba a ser sincera conmigo misma y con la persona que más me cautivaba. Él me ayudó a aceptar cosas en mí que nunca antes había tenido el valor ni la libertad de ver y revelar. Ahora vuelvo a sentir miedo y a tener ganas de correr por no sé bien qué motivo. No es el mismo que años atrás. 

No quiero salir corriendo por cobardía, como antes. Quiero correr porque siento que tengo demasiadas cosas por hacer y el tiempo no me va a alcanzar. Tengo demasiados pendientes -escribir es uno de ellos- y si no concluyo todas las cosas que hay en mi lista, puede que entonces no haya avanzado un ápice entre la confusión de mis años 20's y mi presente, en la tercer década de mi vida.

No quiero correr como si estuviera llena de osadía, la verdad estoy aterrada, pero no tengo tiempo ya de quedarme pasmada en el terror, mi hija necesita de un héroe, y me he empecinado en tomar ese lugar a partir de ahora y para siempre. 

No tengo miedo de estar en el lugar en el que estoy, me conozco más que nunca para ver en mí plena y amorosa determinación en caminar junto al hombre que amo y formar la familia que no sé en qué momento soñé. Algo dentro de mí me hace dar cuenta de que este momento lo he anhelado mucho antes de los recuerdos más antiguos, en la niñez que se anida, se olvida y persiste con audaz firmeza. 

Ahora solo tengo que encontrar fuerza y constancia, dos cosas que siempre, testarudamente, he negado tener. He de dejar el caos disforme y, por más trabajo que cueste, crear un caos multiforme y funcional, del cual han de emanar resultados tangibles... transmisibles. He de escribir como lo hice y ahora lo hago. 


  Mar Saldaña                                                                   

miércoles, 4 de enero de 2017

Los años

Los años pasan y yo sigo rezando las mismas oraciones. El devenir continúa alterándome... Las horas... aún las cuento. Los puntos suspensivos se han cargado con más suspenso. Sí, los años han pasado, se han instalado en mi mente dispersa, divagante... inconexa. El tiempo es... atronador.


Enero, 2017
Mar Saldaña

viernes, 13 de junio de 2014

Silencio

Antes de iniciar limpio mi garganta; carraspeo; busco las palabras. Silencio
Todo comenzó y terminó en ese segundo de silencio. La historia completa que ahora no puedo decir. La sucesión de eventos impetuosos reducida a un solo punto, a un silencio atronador. Fin

lunes, 6 de enero de 2014

Mar de fondo (II)

Mar de fondo (II)


Cierro los ojos. Me arrastra el sopor hacia los territorios de la fiebre y, mecánicamente, limpio mis dedos pegajosos de semen en la trama del mosquitero.


Oigo a lo lejos el mundo de mi madre, su andar entre las brasas, su diálogo con el rencor que le acompaña: hablan de mi padre, de la mujer que tiene, de su risa, que suena como tromba de flores pisoteadas.



Con el silencio fijo en el vacío pienso en los tigres de Mompraeem, en las redondeces de Paura, en un jonrón con tres hombres en base.



Afuera está la herida pero no quiero salir a su encuentro, debo continuar enfermo siempre, sin tener que bajar a tierra, sin enfrentarme a nada ni a nadie, ni siquiera a las piernas de Paura ni a un campo de béisbol ni a la luna llena del espejo.



Hoy, apunto en el cuaderno de bitácora, empieza el fasto de los grandes viajes. Y el ave Roe emerge a los pies de mi lecho. 


Francisco Hernández



domingo, 5 de enero de 2014

Un Cementerio que mira al Mar.

Un Cementerio que mira al Mar.


Decid, oh muertos, ¿quién os puso un día
Así acostados junto al mar sonoro?
¿Comprendía quien fuera que los muertos
Se hastían ya del canto de las aves
Y os han puesto muy cerca de las olas
Porque sintáis del mar azul, el ronco
Bramido que apavora?

Os estáis junto al mar que no se calla
Muy quietecitos, con el muerto oído
Oyendo cómo crece la marea,
Y aquel mar que se mueve a vuestro lado,
Es la promesa no cumplida, de una
Resurrección.

En primavera, el viento, suavemente,
Desde la barca que allá lejos pasa,
Os trae risas de mujeres... Tibio
Un beso viene con la risa, filtra
La piedra fría, y se acurruca, sabio,
En vuestra boca y os consuela un poco...
Pero en noches tremendas, cuando aúlla
El viento sobre el mar y allá a lo lejos
Los hombres vivos que navegan tiemblan
Sobre los cascos débiles, y el cielo
Se vuelca sobre el mar en aluviones,
Vosotros, los eternos contenidos,
No podéis más, y con esfuerzo enorme
Levantáis las cabezas de la tierra.

Y en un lenguaje que ninguno entiende
Gritáis: -Venid, olas del mar, rodando,
Venid de golpe y envolvednos como
Nos envolvieron, de pasión movidos,
Brazos amantes. Estrujadnos, olas,
Movednos de este lecho donde estamos
Horizontales, viendo cómo pasan
Los mundos por el cielo, noche a noche...
Entrad por nuestros ojos consumidos,
Buscad la lengua, la que habló, y movedla,
¡Echadnos fuera del sepulcro a golpes!

Y acaso el mar escuche, innumerable,
Vuestro llamado, monte por la playa,
¡Y os cubra al fin terriblemente hinchado!

Entonces, como obreros que comprenden,
Se detendrán las olas y leyendo
Las lápidas inscriptas, poco a poco
Las moverán a suaves golpes, hasta
Que las desplacen, lentas, -y os liberten.
¡Oh, qué hondo grito el que daréis, qué enorme
Grito de muerto, cuando el mar os coja
Entre sus brazos, y os arroje al seno
Del grande abismo que se mueve siempre!

Brazos cansados de guardar la misma
Horizontal postura; tibias largas,
Calaveras sonrientes: elegantes
Fémures corvos, confundidos todos,
Danzarán bajo el rayo de la luna
La milagrosa danza de las aguas.
Y algunas desprendidas cabelleras.
Rubias acaso, como el sol que baje
Curioso a veros, islas delicadas
Formarán sobre el mar y acaso atraigan
A los pequeños pájaros viajeros.

Alfonsina Storni.

domingo, 20 de octubre de 2013

Triste


Cuando al quererlo la suerte
se mezclan a nuestras vidas,
de la ausencia o de la muerte,
las penas desconocidas,

y, envueltos en el misterio
van, con rapidez que asombra,
amigos al cementerio,
ilusiones a la sombra,

la intensa voz de ternura
que vibra en el alma amante
como entre la noche oscura
una campana distante,

saca recuerdos perdidos
de angustias y desengaños
que tienen ocultos nidos
en las ruinas de los años.

Y que al cruzar aleteando
por el espacio sombrío
van en el ser derramando
sueños de angustia y de frío

hasta que alguna lejana,
idea consoladora,
que irradia en el alma humana
como con lumbre de aurora,

en su lenguaje difuso
entabla con nuestros duelos
el gran diálogo confuso
de las tumbas y los cielos.



                                                         de José Asunción Silva

sábado, 19 de octubre de 2013

Del adiós


He pensado en la plática que tuve anoche con una recién conocida. Una charla sobre el adiós y sus conjuros. Acerca de cartas finales redactadas para ser enviadas con las últimas palabras que salen de una meditación alterada. También se mencionaron algunos golpes de conclusión en medio de conversaciones, los mismos que nacen de esa cólera que no cabe en las entrañas.

Yo no di golpes. No escribí cartas. No conjuré tormentos. Si acaso mencioné un último adiós, más a necesidad de escucharme decir algo que de verdad entender que el momento era una despedida absoluta. Mi mente alterada no tuvo tiempo para hilar más allá de una palabra, creí que después podría vomitar todas las otras que aparecían en el mismo instante. No hubo ese instante del más tarde. 

Dejé correr los días con las palabras macerándose en odio y rencor, les di tiempo para que cubrieran mi realidad, las creí y entonces llegaron a la calma. 

Para cuando recordé que estaban guardadas ya era un momento ridículamente inexistente para hacerlas pronunciarse. La historia de esa despedida no existe, sin embargo ese adiós es lo más real que tengo de aquellos días. Eso le da un rasgo de verdad a mi vida. Lo agradezco.

jueves, 10 de octubre de 2013

La marcha de los chicuarotes.

Se dice que la gente de los pueblos del sureste de la capital de México es muy aguerrida, en particular aquella de San Gregorio Atlapulco en Xochimilco y los milpanecos (delegación Milpa Alta). Ahora mismo se ha formado una marcha con profesores, alumnos y padres de familia provenientes de esos pueblos que apoyan al movimiento del CNTE (domingo 29 de septiembre de 2013, a las 13:00).

Es la primera vez que me toca ver una marcha por estos rumbos. La apatía se ha ido [¿?]. -------  No, no lo creo. La apatía sigue donde siempre ha estado, casi casi como elemento distintivo del la identidad mexicana. En el mitin que presencié caminaban en primera fila niños de entre 7 y 9 años de edad con pancartas y cartulinas; la consigna que gritaban era: ¡Educación gratuita! ¡Educación gratuita! Dudo del convencimiento con que lo hacían. Detrás de ellos marchaban al rededor de 3000 personas. Tal vez las cosas cambien. Sin embargo, este no es un comentario político.

La razón por la cual este fue el primer contingente que se congregó para demandar una solución es fácil: los sangregoreños no piden, resuelven a machetazos (por dejar la imagen más clara). Eso de sentarse a dialogar no les ha rendido buenos frutos. 

Cuenta la historia que por ahí de los años 60 llegó a San Gregorio una invasión de paracaidistas. En el inicio habrá sido un par de familias. Luego cinco. Después diez, tal vez más. Llegaron a ocupar un terreno baldío en que solían jugar fútbol los lugareños. La invasión fue rápida y, así igual, el asalto del coraje a la comunidad.

Poco después hubo una noche en que carros de bomberos cruzaron la ciudad. Venían desde los alrededores del mercado de Sonora hasta Xochimilco. Se detuvieron en San Gregorio, justo frente al terreno baldío. Alguien había iniciado un incendio en los cuartos de láminas de cartón de los paracaidistas. ------- Problema resuelto.

Algunos asuntos necesitan chispas poquito más fuertes, punto.

domingo, 15 de septiembre de 2013

La misión de El Pozo

Eran los primeros años de la década de los 80, no puedo precisar. Él pertenecía al ejercito de los Estados Unidos Mexicanos cuando López Portillo dirigía al país. Se encontraba en la sierra de Sinaloa a cargo de 25 o 30 soldados. La misión era la misma de siempre, la que hasta la fecha continúa, acabar con los plantíos de amapola en la zona, capturar si posible y no perder hombres.

Tenía apenas 23 años, se había enlistado en la ciudad capital y ya había conocido casi la mitad del país. Ésta fue una misión difícil, no porque fuera complicada en sí misma, tampoco violenta, incluso no la registró como evento relevante hasta que años después la relatara en una sobremesa, pero lo fue, fue difícil en retrospectiva.

Digamos que este hombre llevaba el nombre de Ángel, el subteniente Ángel Torres quien, justo antes de ser enviado a la sierra, fue reunido en la oficina del comandante junto con otros jefes de batallón. -Pues, qué dios los acompañe- dijo el comandante Martínez a los presentes, -pero algo sí les digo, que no les maten a un solo hombre, porque por uno que les maten quiero a dos civiles, cabrones. Por uno, quiero dos.- esa fue la indicación antes de partir a la sierra por seis meses.

Subieron rumbo a Badiraguato y continuaron 80 km al norte. Las jornadas trascurrieron de lo más normal, caminata, quema, cena, balaceras nocturnas, pérdida del control. Los hombres se iban desgastando con el paso de los meses, más cuando por aquel del cuarto les llegó la noticia de que en la zona un helicóptero había sido derribado, entre la presa Humaya y Badiraguato, la situación se ponía tensa.

Entonces se presentó una tarde en la que le fue posible al batallón del subteniente Torres capturar a dos pobres diablos en uno de los plantíos de amapola. El asistente de transmisiones informó de inmediato a la base de El Pozo. Pidió que fuera enviado un helicóptero por ellos. -¿Qué pasó, Pérez? ¿No está enterado de la situación? No podemos mandarles ni madres para allá. Tendrán que bajarlos al Pozo a pie, ahí los recibimos-, fue la respuesta.

Se preparó la misión. Tenían una única camioneta, color amarillo, para transportarse. Colocaron a los dos detenidos en la parte de atrás boca abajo. Tres soldados de apoyo caminaban tras del vehículo, conductor al volante y Torres a pie junto a él. Así iniciaron su camino rumbo a la base.

No habían avanzado más de 15 km cuando un grupo de mujeres y niños les cerraron el paso. -¡No se los llevan!- gritaron, haciéndoles imposible continuar. Los hombres se pusieron nerviosos. -¿Qué hacemos ahora, mi jefe?- preguntó uno de ellos.

Fueron un par de segundos los que se tomó Torres para pensar. Recordó a su primo Armando, lo que le hubo ocurrido dos años antes. Armando trabajaba en la policía de la capital. Un día fue enviado con su compañero a un pueblo de Milpa Alta para calmar un pleito en una fiesta patronal. Lo que sucedió es rápido de mencionar, el pueblo se les puso bravo y los dos policías no abrieron fuego. Les quitaron las armas y los enviaron de regreso a pie con su cara de pendejos. Cabe mencionar que eran tiempos de "el negro" Durazo y eventos como ser despojado de las armas no eran permitidos. "¿Cómo que no abrieron fuego?" les preguntaron. Fueron destituidos de sus puesto, les arrancaron las insignias y se les hizo todo el  numerito policíaco que los ponía en evidencia. "Antes no fueron enviados a juicio" les dijeron. Desde entonces Armando vivía sin trabajo fijo. Torres pensó que a él sí lo llevarían a la corte marcial si dejaba que un grupo de mujeres y niños les bajaran las armas.

- ¡Corten cartuchos!- gritó Torres con el sudor cayendo por su frente. Sus hombres no supieron qué hacer. Siempre llevaban las armas cargadas y con cartuchos cortados, la indicación parecía ociosa. -¡Que corten cartuchos, chingada madre!- repitió Torres. Los hombres por fin lo hicieron. Levantaron los rifles, deslizaron las cámaras y cuatro cartuchos llenos golpearon el piso al caer. Estaban listos para abrir fuego, más por la mera orden que porque se hubiera pensado en lo que se hacía. Apuntaron.

Desde lo alto de la loma que se alzaba a la izquierda un hombre viejo gritó -¡Ábranse! ¡Ábranse!- y con esa indicación las mujeres y los niños se desplazaron a ambos lados del sendero.

-Avanza- ordenó Torres a su conductor mientras que él y sus hombres caminaban sin dejar de apuntar. Apretaron el paso y unos metros adelante Torres subió al vehículo. Llegaron a El Pozo.

Más tarde, cuando contaba este hecho a sus invitados, comentó que no había sabido qué hacer aquella vez. Lo que se le presentó fue abrir fuego y matar a un chingo de civiles o pasar su vida en la cárcel por dejarse quitar las armas. Corrió con suerte.

De cuando planté unas semillas

Hubo un día en que me regalaron, por algún motivo sin necesidad de ser mencionado, unas semillas. Según me comentaron dichas semillas eran de unas plantas muy comunes, nunca retuve los nombres, y habían pasado por un ritual que se lleva acabo en la primer luna de mayo, no tengo mucha información al respecto pero sé que tiene que ver con creencias prehispánicas en las que, al bañar a las semillas con la luz de la luna y brindarles alguna danza, éstas florecen sin problema. Coloqué las semillas en un kleenex y regresé a casa.


En el camino compré un par de bandejas de plástico para que funcionaran como macetas. También conseguí en el mercado de plantas una bolsa de tierra con fertilizantes, cinco kilos por veinte pesos. Esa misma mañana realicé todo el show de plantar las semillas. Solo quedaba esperar. 

Recuerdo que no supe qué cantidad de agua regarles, pensé que si era mucha quedarían ahogadas, si era poca no vivirían. Toda una encrucijada que se repitió durante los siguiente tres días, más o menos. 

Finalmente vi que salían algunas ramas verdes de los macetones de plástico, no sentí absolutamente nada frente a ese hecho. Tal vez un poco de emoción me llegó, muy poco.

Sin más, un día dejé de ver las ramas verdes, dejé de regar agua sobre ellas. No supe bien cómo ni cuándo murieron. La conclusión de ese evento es que no había magia alguna en las semillas, tampoco la había en mí. Algo o todo a mi alrededor estaba marchito, pero ya no. Ahora sé que no me gustan las plantas.

Ilustración Mar Saldaña