Hubo un día en que me regalaron, por algún motivo sin necesidad de ser mencionado, unas semillas. Según me comentaron dichas semillas eran de unas plantas muy comunes, nunca retuve los nombres, y habían pasado por un ritual que se lleva acabo en la primer luna de mayo, no tengo mucha información al respecto pero sé que tiene que ver con creencias prehispánicas en las que, al bañar a las semillas con la luz de la luna y brindarles alguna danza, éstas florecen sin problema. Coloqué las semillas en un kleenex y regresé a casa.
En el camino compré un par de bandejas de plástico para que funcionaran como macetas. También conseguí en el mercado de plantas una bolsa de tierra con fertilizantes, cinco kilos por veinte pesos. Esa misma mañana realicé todo el show de plantar las semillas. Solo quedaba esperar.
Recuerdo que no supe qué cantidad de agua regarles, pensé que si era mucha quedarían ahogadas, si era poca no vivirían. Toda una encrucijada que se repitió durante los siguiente tres días, más o menos.
Finalmente vi que salían algunas ramas verdes de los macetones de plástico, no sentí absolutamente nada frente a ese hecho. Tal vez un poco de emoción me llegó, muy poco.
Sin más, un día dejé de ver las ramas verdes, dejé de regar agua sobre ellas. No supe bien cómo ni cuándo murieron. La conclusión de ese evento es que no había magia alguna en las semillas, tampoco la había en mí. Algo o todo a mi alrededor estaba marchito, pero ya no. Ahora sé que no me gustan las plantas.
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